martes, 17 de noviembre de 2009
Mi piedra y yo
Autosabotaje, masoquismo, llámenle como quieran, pero no pueden negar que lo hacemos sin pensarlo ni darnos cuenta hasta que nos hundimos ya como si nos obligaran. Nos hacemos esto porque creemos que lo merecemos: Nos esposamos a un objeto con la esperanza de recibir de él la libertad que buscamos cuando lo único que hacemos es atar nuestra mano útil a una piedra de unas dos toneladas. Y cuando no hay respuesta la tiramos por el puente y junto con ella; nosotros, uno, yo, tu. Y la piedra toca el fondo, pero nosotros nos quedamos ahí entre el fondo y la superficie, flotando, sin poder respirar. Y pensando: esa maldita roca que es tanto ya parte de nuestra cultura como también un objeto inerte que nos puede destruir. Por cierto, sirve para hacer llamadas esta susodicha "piedra" sobrevalorada. Y uno se ata a ella con la esperanza de recibir la libertad por medio de esa llamadita de ese alguien que por fin deja escapar y fluir toda la melcocha atorada en la cabeza. Una vez sumergido valoré mis dos opciones: soltar el aire y hundirme en el fondo del mar junto con mi piedra, o soltarme de una vez por todas porque, ¡oh sorpresa! tengo la llave en mi bolsillo izquierdo, ¿pero que hago? ¿me rindo acaso? entonces con lo poco hábil que soy con mi mano izquierda me desato de mis cadenas y floto con el poco aire que me queda hasta la superficie y... alivio... Ahí esta la persona cuya llamada esperaba, extendiéndome la mano para ayudarme a salir del agua. SUEEEÑAAA. No, no estaba ahí esa persona, debí aprender a asirme de donde pudiera para salir de esa agua oscura de río de ciudad. En la vida estamos nosotros solos y nuestra piedrita, cada quien decide el tamaño de la piedra. No me imagino como le hacia la gente cuando el correo tradicional era el único medio.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario