Serenidad. Los ojos cerrados. El alma conectada con el espíritu de la tierra. La sensación del viento en mi piel, caricia de la naturaleza, y el cabello inquieto. Yo y mi mente solos y el corazón en otro lugar donde ha quedado apartado por lo menos un instante de mi vida, aguarda para regresar a mi cuerpo a continuar su labor. Yo, parado al pie del acantilado lleno de vértigo pero saciándome de esa emoción de reconocer que soy inmensamente nada, y a la vez: todo. El sonido de las olas tronando en las rocas bajo mis pies recarga mi cuerpo de energía y entonces mi corazón despierta y decide que ya es momento de regresar de su exilio temporal. Se levanta de su letargo y emprende el viaje de regreso. A toda velocidad se viene aproximando con tal fuerza que se escucha como trueno el aire romperse a su paso. Viene directo hacia mí, viene a clavarse como flecha justo en mi pecho hueco donde solía estar, lo sé y lo espero y solo un instante antes del golpe ardiente agradezco al cielo la razón por la que estoy ahí. Entonces abro los ojos y... soy yo otra vez.
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