lunes, 30 de noviembre de 2009

Electrocardiógrafo

Tirado en el pavimento, somnoliento, casi muerto, un sonido anuncia tu llegada.
Lluvia, lloras en mi piel y me recuerdas que nada es constante
Las cosas, el dinero, las personas, las emociones, van y vienen
Las mascotas, las costumbres, las salud, sonrisas, lágrimas y sangre.
Matices de colores pintados en todo lo que vemos
El negro, el blanco y el gris, y a tus faldas el arcoíris

De ondas alfa a Theta ameritando cafeína en las mañanas
Ejercicio, romance y problemas de taquicardia
El drama de tres extraños que hablan de mis calzones de Batman
Señales que vemos, detalles que no reconocemos, y una palomilla volando por ahí
Y luego llegas Tú, querida lluvia, cayendo sobre mí como pequeños golpecitos

Eres inconstante, impredecible, como el mismo Dios.
Y yo un ingenuo cuando pienso que lo ideal es caminar en línea recta, si la vida es una montaña rusa.
El río abre su camino irregular, y crea cañones estrechos con caudales violentos.
Escucho tus gritos estruendosos, lágrimas heladas y la fuerza de tus rayos que bajan a la tierra en forma de serpiente de luz.
Esa electricidad hace que vuelva a latir mi corazón.

Entonces me levanto y agradezco tu bofetada en la cara.
Deseo que te quedes, pero se que no lo harás, y en parte así quisiera que sea, porque tengo cosas que hacer, como navegar bajo tu diluvio.
Entonces reconozco el valor de lo que es efímero; como la marea, como una línea quebrada.
Así es el flujo de la vida, que sube y que baja. Así es el amor, te emociona, te enloquece, te llena y te vacía. Si no fuera así y mi corazón conociera una sola emoción, esa línea sería constante, y entonces estaría muerto.

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