El mar; un pequeño pueblo al costado de una montaña con caminos de tierra; cuatro mujeres indígenas y dos niños; otra mujer, sola, pensativa y misteriosa; y otras tres marinas pequeñas, nubladas y que se distinguen por la luz de la luna que se refleja en sus olas. Miro esos cuadros tomándome una taza de café y escucho la secadora andando con lo que parece ser nada más que un pantalón.
Se siente una ligera corriente de aire que alcanza a entrar por las ventanas abiertas de la sala, donde estoy sentado con las luces apagadas y con sólo la luz que entra de una tarde con cielo lluvioso. Tras las ventanas, el patio, que está mojado después de haber llovido por dos semanas consecutivas. Volteo hacia afuera y veo a mi perro que mira fijamente un punto, como si esperara o intentara recordar algo. No escucho aves cantar, pero huelo los geranios que están cerca de la ventana y me recuerdan pequeños momentos de tiempo atrás. Doy otro trago a mi café y regreso la mirada.
Ayer andaba de genio, hoy sólo estoy aburrido y algo pensativo. Conversando con alguien recordé que la vida es demasiado corta pero al mismo tiempo suficientemente larga para hacer todo lo que alguna vez me he imaginado haciendo. Eso me aportó un poco de esperanza y me levantó el ánimo. Estoy dispuesto a volver a la realidad; después de una semana entera de pocas ganas, malas caras, no hacer nada, y me doy cuenta que la depresión cansa y que la vida sigue. Ya mañana saldrá el sol.
Doy el último trago a mi café, y sonrío.
(y sonrío contigo).
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